El señor R. tenía una escopeta

“No, Teresa, no me cierres aún tus ojos, todavía no: necesito ver la vida bailando en ellos por última vez”.

El señor R. se inclinaba desesperado sobre aquel cuerpo que, a fuerza de años de amarlo, sus dedos habían memorizado al detalle: el puente de la nariz, el lunar bajo la clavícula, la leve hendidura de las sienes, el último hueso del meñique de su pie izquierdo. El cuerpo de Teresa fue un día tierra fértil y luego páramo yermo, pero siempre había sido su hogar; así que inventarió rápidamente cada uno de sus accidentes geográficos y comprobar que todos seguían allí no le calmó: no reconocía a Teresa en aquel cuerpo que era el de Teresa. Porque Teresa había cerrado los ojos y los ojos de Teresa, curiosos y hambrientos de vida, nunca se cerraban tranquilos más que para dormir, pero ahora no dormía. El señor R. tenía una escopeta.

Señor R

Laika, la vieja perra que había acompañado al matrimonio los últimos 14 años, entraba ahora en la habitación. El animal se acercó a la cama donde yacía Teresa y se encaramó a ella. Olfateó las mejillas de la mujer y lamió los restos pegajosos que las lágrimas habían dejado en su rostro, como si la tristeza pudiera limpiarse. Al no conseguir reacción alguna por parte de su dueña, el animal aulló de dolor, se acurrucó a su lado y clavó sus ojos tristes y acusadores sobre los del señor R., quien empezó a hablarle no porque fuera el único ser en la habitación que ahora podía escucharle, sino porque siempre lo había hecho cuando nadie le veía.

 “Lo siento, Laika, perdóname. No sólo por esto, por todo”. A su mente acudían las felices excursiones cuando el animal era poco más que un cachorro y los tres, Teresa, Laika y él mismo, montaban en un Fiat destartalado rumbo al campo. Luego volvían cansados, hambrientos y Laika sucia de tierra o barro, pero también felices y risueños. Aquellas excursiones se acabaron cuando el señor R. decidió que ya no podía seguir conduciendo su viejo coche, así que lo cambió por un flamante Volvo al que a Laika le fue vetada la entrada.

Ahora lo veía claro: siempre tuvo el defecto (común, por otra parte) de convertir lo que deberían ser comodidades y pequeños lujos en motivos de preocupación e infelicidad: sacrificó el placer infantil de ver a un animal correr libre en beneficio de la tapicería limpia de un objeto que no podía amarle. Sacrificó su tiempo y una tranquilidad que no tiene precio por los quebraderos de cabeza de un cargo más alto y la responsabilidad de un salario mayor. Para compensar a Teresa por sus descuidos y sus ausencias cada vez más frecuentes, compró una coqueta casita en la playa donde en su tiempo libre podrían descansar y ver el mar desde la ventana; pero las horas extra, las reuniones y otros compromisos le dejaban disfrutarla muy rara vez, así que Teresa aprendió a mirar el mar sola desde su nuevo hogar vacío.

Pronto llegaron las discusiones: el coche, la casa, el abandono, el mal humor. Y él se moría de rabia porque ya no sabía qué darle a Teresa para hacerla feliz; y Teresa moría de frustración porque el señor R. no comprendía que ella sólo le quería a él y le sobraban el coche, la casa, el abandono, el mal humor. Y él pensaba que nunca sería suficiente para esa mujer que, sin ser de aquellas ante las que uno vuelve la cabeza por la calle, tenía aquellos ojos tan de otro mundo. Y ella pensaba que él ya no la quería como antes y añoraba al hombre del viejo Fiat que amaba a los perros y la hacía sonrojarse cuando le hablaba de lo hermoso de sus ojos. El señor R. empezó a enfermar de miedo a perder a Teresa, de celos que su imaginación le provocaba, de inseguridad. Teresa empezó a enfermar de miedo a que el señor R. se perdiera, de soledad, de tristeza. Teresa tenía una pena en el corazón. El señor R. tenía una escopeta. Y aquella noche la disparó.

El señor R. oyó las sirenas a lo lejos y de inmediato reflejos rojos y azules bailaron sobre el cristal de la ventana. “Toca irse, amiga. Ya veo la luz”, dijo, dirigiéndose a Laika y, luego, a Teresa: “una última vez, Teresa. Ver la vida en tus ojos por última vez”. Teresa abrió sus ojos anegados en lágrimas y el señor R. vio lo que buscaba en ellos; muy al fondo, bajo capas de tristeza, pero lo vio y se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo. “Saldrás adelante, Teresa. No me odies. Te quiero”. Ella no vio ni oyó nada.

Hombres y mujeres de uniforme entraron en la habitación. Una mujer joven ayudó a levantarse de la cama a Teresa, que lloraba silenciosamente con aquellos ojos suyos que siempre habían sido tan vivos y ahora carecían de expresión, la abrazó y la acompañó fuera de aquella estancia donde el señor R. se había pegado un tiro con una escopeta de caza.

Y no fue hasta que hubo muerto, víctima de una insatisfacción que le llevó al suicidio, que el señor R. comprendió que una vez había tenido todo lo que necesitaba para alcanzar aquello que le obsesionaba y no conseguía encontrar en el dinero, en las posesiones, en un mejor estatus: una vida sencilla, feliz, despreocupada y repleta de amor.

 

*Revisando mi ordenador, he encontrado este relato de ficción que escribí hace unos años para una publicación que nunca llegó a ver la luz, muy diferente al tipo de textos que suelo escribir. Me ha dado pena condenarlo a la oscuridad eterna en su carpeta… así que aquí lo dejo. Espero que os guste 🙂

 

2 comentarios sobre “El señor R. tenía una escopeta

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